24/02/2026 - Edición Nº376

Deportes

CHAU GALLARDO

Se terminó el segundo ciclo de Marcelo Gallardo en River Plate

09:09 | Triste, solitario y final. Así podría resumirse el desenlace del segundo ciclo de Marcelo Gallardo en River. Un cierre que fue tan lógico como doloroso. Lógico porque el desgaste era evidente desde hacía meses; doloroso porque se trata del entrenador más importante de la historia del club, el hombre que cambió para siempre la mentalidad y la estatura internacional de la institución.



El propio Gallardo lo entendió antes que nadie. Él, que siempre sostuvo la fe incluso en los momentos más adversos, que jamás buscó excusas y que hizo del convencimiento una marca registrada, esta vez percibió que algo esencial se había perdido: el fuego interno. Esa llama competitiva que lo llevó a reinventarse una y otra vez ya no ardía con la misma intensidad. Y sin eso, su permanencia carecía de sentido.

La confirmación de su salida generó una mezcla de conmoción y resignación. Las críticas que habían crecido en las últimas semanas —muchas atendibles desde lo futbolístico— quedaron en segundo plano. No se trata de negar el pobre rendimiento del equipo en esta etapa, sino de comprender que el análisis no puede reducirse a un puñado de meses grises. La dimensión de Gallardo excede cualquier racha negativa.

Su segundo paso por el club estuvo lejos de aquella versión arrolladora que dominó el continente. El equipo perdió solidez, frescura e identidad. No hubo funcionamiento sostenido ni resultados que acompañaran. Sin embargo, aun en este contexto, mantuvo el respeto en los partidos más trascendentes y nunca resignó competitividad. Su figura seguía imponiendo presencia, incluso cuando el juego no respondía.

Con su salida, inevitablemente se abre un nuevo foco de análisis: el plantel. Un grupo de futbolistas que, con matices, no logró estar a la altura de las exigencias. La falta de eficacia, la escasa rebeldía en momentos clave y la irregularidad marcaron un semestre decepcionante. La sensación es que el entrenador terminó pagando costos que debieron ser compartidos. A partir de ahora, sin el paraguas protector del ídolo, la responsabilidad recaerá directamente sobre los protagonistas dentro del campo.

La dirigencia tampoco queda exenta. Se realizaron inversiones importantes para conformar un plantel competitivo, pero el armado mostró inconsistencias: puestos superpoblados, carencias evidentes en sectores clave y decisiones difíciles de explicar. Además, cuando el ciclo comenzó a mostrar signos claros de agotamiento, no hubo una determinación institucional que ordenara el escenario. Se aguardó, en silencio, que fuera el propio Gallardo quien diera el paso al costado.

El impacto emocional de su partida es profundo. Para una generación de hinchas, Gallardo fue mucho más que un entrenador. Fue la reivindicación tras años de frustraciones, el líder que devolvió orgullo y convicción. Bajo su conducción llegaron noches inolvidables, títulos internacionales y una identidad reconocible que trascendió fronteras. Su legado no se mide únicamente en trofeos, sino en la transformación cultural que produjo dentro del club.

La historia dirá si este adiós es definitivo o si, como sucede con los grandes amores, habrá un tercer capítulo. River ya sobrevivió a la partida de ídolos emblemáticos y supo reinventarse. Esta vez no será la excepción. Pero el vacío que deja el Muñeco es inmenso. Porque no se va solo un director técnico: se cierra una era que marcó a fuego la memoria colectiva del mundo riverplatense.

Ahora comienza otra etapa. Con incertidumbre, con preguntas abiertas y con la obligación de reconstruir. Gallardo ya es parte eterna de la historia grande del club. El desafío será que su legado no quede como un recuerdo romántico, sino como un estándar que vuelva a guiar el camino.