El General José de San Martín murió el 17 de agosto de 1850, en Boulogne Sur Mer (Francia). Ese día entró en la historia de América y del mundo y es considerado, en nuestro país, el Padre de la Patria. Fue el líder militar más relevante de la historia argentina y latinoamericana. Las estrategias del Libertador de América se siguen enseñando en las academias militares de todo el mundo. Su actuación durante el primer tercio del siglo XIX en las luchas por la independencia en Hispanoamérica convirtió su nombre en una referencia mundial de los procesos de descolonización y de la libertad e independencia de los pueblos.
En 1810, año del primer grito de libertad de la dominación hispánica en nuestro país, José de San Martín, que era oficial del ejército de España, entonces ocupada por los franceses, solicita su retiro y parte hacia su tierra natal, con la idea de liberar a su patria de la dominación extranjera.
Para concretar su plan independentista organiza un regimiento de caballería y el Ejército de los Andes, con el que libera medio continente, conforme a su Plan Continental, -que era riesgoso pero posible-, consistía en una actitud defensiva de contención en la frontera norte, Jujuy y Salta y una ofensiva a través de los Andes, -una de las cadenas montañosas más altas del planeta-, hacia Chile; sorprender y derrotar a un ejército español superior, crear una flota marítima, desembarcar en el Perú y asestar un golpe definitivo al centro del poder realista en América.
San Martín, con insuperable visión estratégica, talento militar y político, ubicó actores claves en lugares exactos: Martín Miguel de Güemes en Salta, Pueyrredón en Buenos Aires, un Congreso en Tucumán para declarar y consolidar la independencia y así concretar el “Plan Continental”. José de San Martín creó el proyecto que cohesiona voluntades, aportó profesionalismo, asignó tareas y responsabilidades, transmitió fe y compromiso para que la gesta fuera posible. Tuvo la capacidad de sumar en el plano militar a los oficiales de su ejército y en el político a la Logia Lautaro, sumando capacidades construyó su virtuoso liderazgo, sin soberbias ni personalismos, para conducir a los ejércitos en la gesta liberadora. Esa conjunción estratégica de patriotas sostuvo la indiscutida jefatura de San Martín, cuando el gobierno de las Provincias Unidas había desaparecido.
Para concretar su epopeya, tuvo que vencer serias resistencias en Buenos Aires, particularmente la de Bernardino Rivadavia, que obstaculizaba la convocatoria del Congreso de Tucumán, demoraba la declaración de la Independencia, no compartía el Plan Continental y no valoraba que, por geografía, historia y economía, el Perú era el bastión español en América. Rivadavia carecía de conocimiento militar. En 1812, había ordenado a Belgrano, entonces jefe del Ejército del Norte, que desde Tucumán se replegaran a Córdoba. Belgrano desobedeció tal orden, libró y triunfó en las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), y con ello evitó que nuestra frontera norte fuera Córdoba, y no Salta y Jujuy.
San Martín luchó sólo por las causas de los pueblos. Cuando el Directorio, o la Logia, como él la llamaba, en 1819, le ordenó regresar con su ejército desde Chile para someter a las provincias que hacían la guerra a la autoridad nacional, no acató esta orden. Al respecto dice: "Yo había visto que los mejores jefes, como las mejores tropas, se habían desmoralizado y perdido en la guerra del desorden, sobre todo en el desquicio general en que las cosas se hallaban". Y concluye: "Sé que la Logia nunca me perdonó mi conducta, pero aún ahora tengo la conciencia de que obré en el interés de la revolución de América, y si hubiese ido a Buenos Aires, la campaña del Perú no habría tenido lugar, ni la Guerra de la Independencia hubiera terminado tan pronto". Decisión de un estadista, genial desobediencia que contribuyó decisivamente a la independencia.
Privilegió la noble causa del destino soberano de pueblos hermanos y de su Patria. En Mendoza y en Chile evidenció su clara visión de la que más tarde se conocería como "La Nación en Armas". Como militar, ejerció un ejemplar liderazgo. En la concepción de su Plan Continental fue un estratega. En Chacabuco (1817) y en Maipú (1818) fue un táctico, como también lo fue en España, en las batallas de Arjonilla y Bailén.
Sus fuerzas combatieron desde la pampa argentina hasta el Chimborazo (Ecuador); desde San Lorenzo (1813) hasta Río Bamba y Pichincha (en 1822 en Ecuador), y en Junín y Ayacucho (en 1824 en Perú).
En 1830, en su correspondencia, con claridad meridiana sintetizó su pensamiento político: "Dos son las bases sobre las que reposa la estabilidad de los gobiernos conocidos, a saber: en la observancia de las leyes o en la fuerza armada. Los representativos se apoyan en la primera; los absolutistas en la segunda, de ambas garantías carecemos en América". El humanismo que lo inspiraba queda expresado en el texto de la carta al general chileno Francisco Antonio Pinto en 1846, en el párrafo que dice: "El mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquél que hace la felicidad de los que obedecen, empleando los medios adecuados a este fin".
A José de San Martín se lo considera el "Santo de la Espada", porque personificó la gracia de la santidad por su desinterés material y su consagración a la noble causa de la liberación y soberanía de los pueblos, su moral incorruptible y renuncia al poder político. Esgrimió su espada solo para liberar a Argentina, Chile y Perú y nunca por ambiciones personales. El escritor argentino Ricardo Rojas tituló así su famosa biografía del Libertador publicada en 1933.
Nos legó como patrimonio moral y cívico que las armas de la Patria son para la defensa de la soberanía, de la libertad y el derecho de los ciudadanos, pero nunca para deshonrar el uniforme con la comisión de actos denigrantes. Que es deber de toda la ciudadanía la defensa de la patria, cuando está en peligro, no sólo el ejército, sino toda la población tiene que ser protagonista en la gesta nacional en lo que denominó “La nación en armas”.
Chile fue el primer país en erigir un monumento a su memoria, que se inauguró el 5 de abril de 1863, fecha de la conmemoración de la victoriosa batalla de Maipú.
El autor peruano Mariano Felipe Paz Soldán lo considera "El más grande de los héroes, el más virtuoso de los hombres públicos, el más desinteresado patriota, el más humilde en su grandeza, y a quien el Perú, Chile y las Provincias Argentinas le deben su vida y su ser político".
Los restos del Libertador fueron repatriados desde Francia recién en 1880, que fueron recibidos por el presidente Nicolás Avellaneda. El Libertador descansa en la ciudad de Buenos Aires, donde vivió menos de un lustro de su larga vida.
Antes, ahora y siempre le rendimos un emocionado y comprometido homenaje, Que su ejemplo de vida sea el modelo virtuoso que inspire a las generaciones presentes y futuras para honrar a la Patria y servir al pueblo.
Dra. Isabel Marta Salinas - La Rioja, 14 de agosto de 2026.-